La fiesta del ángel (Cuento de Navidad)

5 diciembre, 2014 § Deja un comentario

tiovivo

Un ángel cae del cielo en picado. Como lo haría un clavadista de Acapulco, pero a lo bruto. Cuando de repente una puerta se cierra dando un portazo por una corriente de aire: ahí tienes a tu ángel, te ha elegido para pasearse un rato por la tierra utilizando una réplica de tu cuerpo. Normalmente eligen a alguien que se les parezca, aunque es frecuente que elijan a quien disfruta de cosas que ellos no tuvieron. Esto último no es envidia, por favor, es admiración.

A diferencia de lo que la mayoría piensa, el cielo es un muermo, por eso el comité de sabios que asesora a Dios ideó un sistema de descompresión que permite a los más inquietos bajarse al mundo real, por un tiempo limitado, a darse un baño de conducta reprobable. En realidad el comité no lo ideó, se lo copió recientemente a los amish, la comunidad religiosa que ordeña vacas disfrazados de granjeros alemanes del siglo XVIII, que le abren la puerta del granero a los chicos cuando cumplen los dieciséis, para que salgan como cualquier boludito a tener citas, fiestas, fumar cosas extrañas y ponerse vaqueros ceñidos. Como en el cielo no se concibe ninguna palabra, pensamiento ni acción negativa, y copiar lo es, pues los sabios lo idearon y punto.

Allá arriba todo está impoluto, es inodoro, insípido y no hay mosquitos. Los japoneses están encantados, claro, pero hay un grupo de irreductibles, liderados por el clan de los españoles, que constantemente está fantaseando con cosas como pisar una caca de perro; solo de vez en cuando. Parecen raros estos ángeles, pero es que nos cuesta ponernos en su situación. Echan de menos esas pequeñas cosas que al indignarte te hacen sentir vivo. Y es que la eternidad puede ser insoportable cuando sabes que nunca tendrás que manejar una situación algo oscura.

El ángel de este cuento se llama…. Ángel, claro. Ángel se moría por ir a un after, esos locales de ocio donde la gente compite por estar despierta más horas de las que aconseja la naturaleza humana. Antes de ir al cielo se había pasado la juventud opositando a notarías. Durante cientos, miles de noches, soñaba con aprobar el examen para poderse permitir una noche de fiesta, quemar las naves antes de volver a una existencia previsible, como su abolengo y  educación exigía. Un accidente de moto volviendo de la biblioteca le impidió cumplir su sueño. Por supuesto, el trámite de entrada al cielo fue rápido, hasta había colaborado con una ONG que recogía material escolar para niños del tercer mundo. Le asignaron el dormitorio donde residían un grupo de universitarios católicos de Boston. Una tormenta de nieve en pleno mayo provocó un alud que sepultó su campamento de convivencias espirituales, y estos también habían entrado al cielo por el procedimiento exprés. Ángel habla inglés, eso no es problema, pero huelga decir que se aburre con estos tipos; a su lado él parece un concursante de reality. Ha pedido el traslado de dormitorio varias veces, sin embargo le contestan que hay que sociabilizar, que aquí arriba nadie es mejor que nadie, y que el concepto diversión les es ajeno. La prisa es muy mala y la eternidad muy larga, ya habrá tiempo para cambios. En fin, que el cielo puede que sea un sitio escaso de ideas, pero repleto de argumentos. Además, si le asignan nuevos compañeros nadie le asegura que le vaya a tocar un colega digamos de Chamberí, podría ser un cazador de focas inuit, y entonces sí que iba a saber lo que es la dificultad de adaptación.

Ángel tenía una imagen algo distorsionada de los afters, los idealizaba, para él eran la expresión máxima del placer: algo sucio, medio prohibido, lo más alejado a una cena de sábado en el salón de su casa, dónde su madre le pedía que no hiciera ruido al masticar. Luego sus padres jugaban una partidita al Monopoly, mientras él volvía a su habitación a seguir estudiando. Ángel piensa: En los antros la gente suda, se ríe a mandíbula abierta, seguro que tienen sexo sin protección en los baños, y solo con acercarte a un desconocido, te pone en el vaso alguna pastilla que te hace pasártelo aún mejor que hasta ese momento. El paraíso.

El after ejercía sobre él una atracción difusa e intensa al tiempo, como lo son las cosas que parecen estar solo al alcance de los iniciados, del modo en que a algunos hombres poderosos les atrae que una prostituta de inferior clase social les fustigue las nalgas. Las perversiones más inconfesables son cosa de ricos. Los trabajadores no tienen tiempo ni recursos para proponerse fantasías complejas, la gente de a pie se conforma con clichés que ha visto en las películas, del tipo un jacuzzi con señorita neumática dentro –esta es la fantasía nº 27, la llamada Gil y Gil- o del tipo un desconocido argentino te invita a recorrer su Hacienda a caballo –esta es la fantasía Gavilanes, la 133- .Ellos acaban yendo al club de alterne, y las amas de casa no pasan de la ensoñación telespectadora. La gente adinerada se puede permitir historias más ambiciosas: en la parte baja de la escala estaría el tener un lio con la mujer de tu socio, para ir subiendo y acabar en ¿un film snuff? De lo pícaro a lo depravado hay un mundo.

Ángel pertenecía a la categoría globo a punto de explotar. No corras, no hagas preguntas incómodas, no te levantes antes de terminar… métele presión a alguien desde niño, y en el futuro acabará saliendo el vapor por alguna válvula oculta a primera vista. Si no existieran esas benditas válvulas, el mundo sería un lugar mucho más peligroso, y si no, mirad Afganistán. Y mira por donde, cuando estaba preparado para empezar a liberar gas le tocó esto de subir al cielo. Desde entonces tiene una comezón en el alma que no se aguanta. Y es que no es justo, que no vivió nada, tenía derecho a su pizca de locura y no a pasar del escritorio a la nube de algodón sin solución de continuidad. Y encima los mojigatos de Boston. Es insoportable. En cuanto le permitieron su primera caída libre a la Tierra, al pasar con éxito el periodo de adaptación, no lo dudó y eligió a un chico que cumplió los criterios de búsqueda que introdujo en el directorio de humanos vivos que el equipo de profesionales del cielo tiene permanentemente actualizado. Metió las palabras chulo, baile, ligón, ilegal y España. Como subcriterios puso drogas sintéticas y moto. El chico que salió parecía un calco de Toni Montana. Ángel no quiso refinar la búsqueda, se quedó con la primera opción.

El Cristian, era un ni-ni, guapo, circunspecto y sin un duro. Ángel no había contemplado la variable monetaria, a él nunca le había faltado de nada y no pensó en ese pequeño detalle que condiciona las posibilidades de fiesta, pues sin dinero los límites están a un palmo de tus narices. Salía y entraba de casa, su radio de acción no pasaba de una decena de kilómetros, la posibilidad de aventurarse más allá de ese territorio era ciencia ficción. Los sueños del Cristian eran hasta tiernos, vistos desde la perspectiva de, pongamos, un funcionario medio: tener unas deportivas de marca, poder pagarle la disco a su chica, conseguir un curro indefinido en alguna empresa del polígono. Cristian no estudió; además de aburrirle, no entendía muy bien las ventajas de tanto esfuerzo. Los chicos de su barrio, nietos de la primera generación de emigrantes, nacen con el destino prefijado, una barrera inmaterial que les impide siquiera pensar en ser concejal o montar su propia empresa. Si acaso, un pequeño comercio, un mecánico o pintor autónomo, y un piso con ascensor y el colegio cerca para cuando lleguen los chiquillos.

Ángel cayó en el dormitorio del Cristian una tarde de julio a la hora de la siesta. Una corriente de aire caliente y el correspondiente portazo después y ya estaba allí, en medio de un lio de ropa por el suelo, el móvil parpadeando de wasaps por leer y en la pared una foto de Pau Gasol y otra de la chica de la saga Millenium, una que el Cristian ni sabe cómo se llama. Le gustan las chicas así, poco habladoras, casi taciturnas, que vienen tranquilitas de serie, y no le ponen la cabeza loca con chismes ni rollos de trapos.

El chaval estaba tirado en la cama, dormía encogido en posición fetal. Ni se inmutó con el golpe, así que Ángel pudo echar un vistazo a la habitación. En aquel escenario que le era tan ajeno se sintió un intruso. Y algo decepcionado también. Olía a sudor. Abrió el armario buscando algo que ponerse y le costó elegir entre aquel amasijo aprisionado. Introdujo la mano dentro del ovillo y cogió algo de color rojo, quería empezar a lo grande. Salió bastante arrugada una camiseta que ponía Las Vegas en letras plateadas. Está bien, sigo aceptando la primera opción, dejaré que el azar haga su trabajo, pensó. Los pantalones que desenlazó del montón le estaban algo cortos. En un arranque de personalidad decidió ponerse creativo. Se revolvió el cabello y se calzó los mocasines sin calcetines, para compensar el conjunto con un detalle pijo. Porque lo cierto es que en la habitación del Cristian encontró unos zapatos.  Se sorprendió al verlos, y a la luz del descubrimiento miró al chico dormido con otros ojos; puede que no estuviera todo perdido. Lo que no sabía es que se los había comprado para el bautizo de su sobrino y solo los había usado durante una hora, lo que duró la misa. Se miró al espejo y vio una mezcla rara que le dejó boquiabierto durante un instante. En la misma imagen convivían el becario de vacaciones con el hijo del jardinero, ni él mismo sabe como llegó a esa conclusión. Empezó a hacer posturitas con su nuevo cuerpo, vio sus nuevos bíceps de gimnasio y sus manos, igual de finas que las que tenía él antes, manos de no haber trabajado en la vida, y empezó a sentirse a gusto con el personaje.

Esta gente que regenta el cielo no es especialmente generosa.  Mira que todos tienen acreditada la bondad de espíritu, pero de la generosidad nadie dijo nada. El tiempo que tenía Ángel en la Tierra era muy limitado, apenas veinticuatro horas, y debía de cumplir sus deseos en ese lapso. Si hubiera elegido a un igual, sabría cómo aprovechar el tiempo: cena y copas en algún garito cool de Formentera, y por la mañana saltar de la cama a la cala, nadar un rato y desayunar zumo de pomelo para la resaca. Esto es lo que contaba siempre Alvarito de sus vacaciones en la isla. Alvarito, le seguían llamando así aunque ya tenía veinticinco años, era el triunfador oficial entre los cachorros del club social de sus padres. Pero esto  no es lo que quería,  había elegido bajar unos cuantos peldaños, moverse por un terreno desconocido y no tenía ni idea de cómo empezar su noche loca.

Con su imagen materializada y visible a los humanos abandonó el cuarto de Cristian. A las cuatro y media, con el calor cayendo a plomo, la calle era el preludio de un tiroteo, todo el mundo refugiado en sus casas con las ventanas cerradas. Empezó a caminar pensando que debía encontrar algún sitio donde se reunieran los jóvenes antes de empezar la fiesta en serio. Se imaginó que estarían en unos recreativos jugando al billar o al futbolín. Ángel pensaba que la juventud sin recursos seguía teniendo las mismas costumbres que en los ochenta; tal vez los más evolucionados usaban móvil y ya enviaban SMS. No era consciente de lo obsoleto que estaba, necesitaba una puesta al día tanto como beber algo, pues empezaba a deshidratarse. Llevaba una hora caminando, los sitios que encontró abiertos fueron un supermercado descuento, una tienda de cigarrillos electrónicos, una mercería…. Los zapatos le rozaban, había empezado a insinuarse una bambolla en cada uno de los pies. Siguió caminando hasta llegar al centro de la ciudad. Nada más ver el primer Zara no se lo pensó y entró a comprar un par de calcetines para contener la venganza que estaban llevando a cabo los zapatos contra sus talones. Pagó con una tarjeta virtual que no deja rastro, el equipo de profesionales del cielo está en todo, y volvió a las calles. Se hubiera quedado muy a gusto sentado en un banquito de los probadores disfrutando del potente aire acondicionado, pero no podía permitirse el lujo de perder el tiempo. Lo cierto es que debería haber preparado algo mejor esta caída, al dejarlo todo al azar corría el riesgo que este sábado hubiera una final de futbol, o tal vez un festival de música en la localidad de al lado y la noche le quedara algo deslucida. Pensó en meterse en un ciber y buscar en Google las discotecas del extrarradio, los sex-shops, cualquier información que terminara con este andar a ciegas por una ciudad derretida. Al final se metió en el cine -una comedia romántica americana ¡bien! allí podría descansar, quitarse los malditos zapatos, estar fresquito y respirar algo de ese ambiente acomodado tan agradable al fin y al cabo. El protagonista buscaba por toda la ciudad a una chica que había conocido la noche anterior en una fiesta. Le pareció una premonición.  Cuando volvió a la calle, el sol había declinado y ya no era tan agobiante. Muchos jóvenes entraban y salían de las tiendas aprovechando los coletazos de las segundas rebajas. Ninguno era del tipo que buscaba como guía por el submundo, parecían demasiado domesticados, demasiado metidos en la tarea que estaban llevando a cabo: rastrear escaparates, comparar precios y cargar con bolsas de moda desechable. Aquel no era el sitio. Preguntó a un policía municipal por un barrio marginal. Quería ir a tiro hecho, sin perder tiempo. El pobre Ángel confundía de nuevo marginalidad con diversión. El policía le miro de hito en hito, calibrando si aquel chaval le estaba tomando el pelo; le pidió el D.N.I. y Ángel farfullo disculpas y excusas, no llevaba ninguna documentación, claro, y el poli  le dijo que se largara y eligiera un mejor destino para sus excursiones. Pasado el primer momento de nerviosismo, Ángel se dio cuenta que nada malo le podía pasar, él era un ángel y tenía asegurada una pura eternidad, así que decidió seguir adelante con su plan de abordar a desconocidos para acelerar su proceso de conocimiento. Esta vez no fue tan impulsivo, eligió su víctima con cuidado.

Caminó eligiendo la ruta al azar, alejándose del centro. Se adentró en un barrio popular. En una terraza del paseo había un grupo de chicas desternillándose, las cuatro pegadas a la pantalla de móvil. Supuso que estarían  viendo uno de esos videos virales. En realidad estaban viendo las fotos que Romi, la gordita de la clase, le había mandado al Richard, el chico sensible de la última fila, que era claramente gay. Romi se había enamorado de él porque no se reía de ella, y había empezado a mandarle fotos cada vez más subidas de tono, hasta llegar al tanga y las tetas, ya bastante descolgadas. El chico, que hubiera vendido su alma al diablo por ser popular entre sus compañeros, decidió compartirlas con los otros chicos para ganarse su aprobación, y las fotos habían empezado a circular por todo el instituto. Ángel nunca había oído hablar del sexting, ya he dicho que estaba bastante obsoleto.

Las cuatro amigas le miraron, se había sentado en la mesa de al lado, se rieron por lo bajo y lo ignoraron de mentirijillas. En realidad les gustó, su cara de despistado tenía algo de irresistible. Ángel veía que el tiempo pasaba y no podía permitirse ser tímido. Le pidió al camarero un Brugal con cola, lo que causó el silencio admirado de las adolescentes  –el pavo parece que tiene pasta-. “No tenemos Brugal, solo Negrita” dijo el camarero. “Vale” y miró en dirección a la mesa de las chicas. Ahora se observaron los cinco sin disimulos. Ángel eligió de inmediato a la que parecía la líder, le dijo hola mirándola a los ojos y le preguntó que donde iban a ir esa noche, que era de fuera y no conocía a nadie. Candy no contestó – este va muy rápido– y le hizo a su vez otra pregunta -¿Qué haces aquí, de dónde eres?-

-“Mañana es la comunión de mi primo pequeño y he venido con mis padres desde Barcelona” mintió.

-¿A sí?, ¿Y quién es tu primo?

Se llama Toni, vive en la calle detrás de la Rambla, no me sé la dirección.

Todas vivimos detrás de la Rambla y no conocemos ningún Toni. Además en Julio no hay comuniones. ¿Te crees que somos tontas o qué?

Vaya, pensó Ángel, que deductivas son estas chavalas, creí que sería más fácil colarles un gol. ¿Por qué todo tiene que ser tan difícil?

No quería aguaros la fiesta, en realidad se está muriendo mi abuelo.

-…  Se quedaron calladas.

Sí, pero casi no le conozco. Esta noche me gustaría salir por ahí un rato, la casa está llena de mis tíos y tías y no hay nadie de mi edad.

-Tú sabrás lo que haces, es tu abuelo.

-Entonces, ¿qué?

-Aquí todo el mundo va al Factory, pero hasta las tres no se pone bien. Contrólate, chico, –dijo Candy mirando el cubata– has empezado muy pronto.

-¿Y vosotras que hacéis hasta las tres?

-Tú preguntas mucho, ¿no?

 La chica de al lado, con una coleta tan tirante que dolía de mirarla y aros en las orejas del mismo tamaño por los que saltan los tigres en el circo dijo: ”hacemos lo que todas las chicas, nos juntamos en una casa para pintarnos y ponernos guapas”

Candy se levantó y todas le siguieron, no se había equivocado, ella era la líder. Dijo chao sin mirarle y se alejó. Cuando habían dado unos pasos, Lore, la chica de la coleta, le gritó:

-Botellón en el futbito antes de la disco.

-¿Eso qué es?

-El parking del poli.

-¿Qué poli?

-Mae mía, ¿eres bobo o qué? -dijo riendo- el polideportivo. Y corrió a alcanzar a sus amigas.

Así que este es el plan, esperar de nuevo hasta que empiece el botellón, esperar hasta las tres que se anime la disco, esperar hasta la madrugada para llegar a la meta, el after, si es que hay alguno por aquí. Sin amigos, sin drogas y sin coche. No pinta muy bien. Podía haber elegido un festival de verano, el FIB, allí solo tendría que perderse entre la multitud, oyendo a grupos que suenan todos igual, y esperar a ver si caía algo.

En un banco de la Rambla encontró un paquetes de pipas empezado, un diario gratuito y una revista de esas que sacan fotos de la celulitis de las famosas. Se sentó a intentar consumir un par de horas. Le pareció buena idea ponerse un poco al día de las cosas del mundo, para no resultar demasiado marciano, o angelical, si al final conseguía entablar conversación con alguien. Lo cierto es que no pasaba desapercibido, la gente se le quedaba mirando. Había hecho una especie de recipiente doblando la contraportada de la revista, donde depositaba cuidadosamente las cáscaras de pipa. Mantenía las hojas del diario bien alineadas, cada vez que pasaba página se preocupaba porque los ángulos superior e inferior coincidieran con los de la página precedente. La postura era elegante, con la columna recta pegada al respaldo del banco, todo en él transmitía un aire de educada contención. –No, no es uno de los nuestros– concluía la gente de modo inconsciente. Ángel permanecía ajeno a la imagen que proyectaba. Tarde o temprano los vecinos empiezan a hacerse preguntas, a desconfiar, a inventar historias sobre policías secretas o pederastas. Si te conviertes en un alien activarás la tendencia de los cuerpos a expulsar los elementos extraños de su interior.

Se levantó mucho antes de lo que pensaba. Las noticias del diario no le decían nada, todo era la misma sopa de corrupción, avaricias y luchas de poder de cuando su vida real. Lo de poner a las celebrities a los pies de los caballos tampoco le entretuvo. Las pipas le habían dejado la boca como un estropajo. Tenía que hacer algo, ni en sus algodonosas pesadillas podía haber imaginado que fuera tan aburrida su caída a la Tierra. Casi echaba de menos a los bostonianos.

Pensó en robar un coche, pero no sabía como hacerlo. Se preguntó si en El Corte Inglés venderían wingsuits, uno de esos trajes de alas, para tirarse desde el edificio más alto o desde la aguja de la Catedral. De su visita a la tierra, hasta ahora lo más excitante había sido la caída en vertical. La verdad es que estaba desesperado. Le gustaría encontrar a la líder, hacerle mil preguntas, tal vez besarla. ¿Por qué se imponía moderación? Solo es un pensamiento. Que caray, se iría con ella de cabeza a la habitación del Cristian, sacaría a este de la cama de una patada y se revolcaría con ella hasta quedar exhausto. Ni after ni nada, un buena sesión de piel de mujer, luego una ducha y para el cielo de vuelta. -Seguro que tiene novio, un albañil fibrado con el que estará ahora sudando de placer en el asiento trasero. Si se quitara el tinte amarillo canario hasta podría llevarla a cenar al restaurante dónde va Alvarito con su novia, la cursi de los cupcakes. La líder está diez veces mejor que ella, y además tiene carácter. Creo que se ha operado los pechos; estas chicas no tienen dinero para pagarse los estudios, pero de algún sitio lo sacan para meterse relleno, aunque no lo necesiten. Al menos parece que la de la coleta me hará caso si aparezco esta noche por el parking. Me comería una hamburguesa, estoy famélico…-.

-Eh, tío ¿qué haces por aquí?

Ángel al principio no se dio por aludido y miró a aquel chico con la cara con la que se mira al tercer voluntario de ONG que te aborda en un tramo de acera de treinta de metros.

Cristian tío, baja de la parra.

-Ah, hola, perdona, es que estaba pensando en otra cosa.

Ya te veo la cara de empanao que llevas. ¿Qué haces por aquí?

Ángel puso a funcionar su entrenado cerebro de opositor. Le costó unos segundos entender que le habían confundido con su sosias terrenal. A este no podía decirle una mentira como a las chicas del bar, era obvio que conocía a Cristian y le podía pillar en un abrir y cerrar de boca. Tiro de generalidades:

-Ná, estaba aburrido, me he levantado de la siesta y no sé ni cómo he llegado hasta aquí.

-¿No habrás venido a robar una botella a mi Mercadona aprovechando que si te pillo no te voy a hacer nada?, rio.

Ángel también rio. Entonces se dio cuenta que el chico llevaba puesta una camiseta normal, pero los pantalones eran marrones con una franja lateral en negro y zapatones con puntera reforzada. Era seguridad, posiblemente había acabado su turno.

Ahora que lo dices, tengo que hacerme con algo para esta noche. Quiero ir al futbito, -aventuró- antes del Factory.

No coló, el seguridad le miró con cara rara.

-Estás medio sonao tío, a ti te ha pasao algo ¿Has venido en moto? Yo me voy para casa, si quieres te llevo.

-Vale.

Tenía que deshacerse de este menda, era demasiado peligroso, dos palabras más y le iba a descubrir.

El coche le llevaba de vuelta al barrio del Cristian; todo el camino que antes había andado bajo el sol, sin rumbo, lo deshacía ahora sentado en el coche de su “amigo” en unos pocos minutos. Estaba volviendo a la casilla de salida, se alejaba de la líder, del botellón, del Factory. Está claro que no puede salir de fiesta con los que se supone que son sus amigos. De hecho cuando el seguridad vea esta noche al autentico Cristian y le hable de este encuentro casual, se va a formar un malentendido entre los dos colegas. Tiene que desparecer y rápido.

-Mira, párame aquí, me apetece volver caminando, tengo que estar solo para pensar.

-Los amigos estamos para algo, no me jodas. Si tienes un problema no tienes porqué comértelo solo. Lo sabes ¿no?

-Claro, tío. Gracias, de verdad. No es nada importante. Para.

-¿Nos vemos luego?

-Sí. Venga, hasta luego.

Se apeó del coche y empezó a desandar el camino hecho. Llegó hasta el Mercadona donde trabajaba el colega del Cristian y entró a comprar una botella de ginebra; no quería ir al botellón con las manos vacías. Luego preguntó por el campo de deportes a una pareja de jubilados que jugaba a la petanca en un trozo de tierra reseca dentro de un solar. Cuando llegó al futbito se encontró un grupo de adolescentes ecuatorianos pateando una pelota. Escondió la botella detrás de un contenedor de basura y se fue a inspeccionar el parking. Calculaba que quedarían una o dos horas hasta que aquello empezara a llenarse de chavales. Cuando uno es joven y no tiene dinero con poca cosa se lo pasa bien, pensó. Antes de los veinte todavía te entretienes con cualquier tontuna, no hace tanto que estos chicos estarían torturando lagartijas. Solo se necesita estar cerca de tus colegas y reírte por nada. No saben que nunca van a volver a reír así, jamás volverán a estar tan despreocupados. La risa corre de manera inversamente proporcional a la edad, en los primeros años debemos gastarla a chorros, de nada sirve guardarla para más adelante, no funciona.

En una obra de fin de curso en secundaria a Ángel le asignaron el papel de Dios. No hubo duda en la elección, era un chico tan responsable que el papel no podía ser para otro. Sus compañeros recitaban con voces aflautadas unos textos pseudo-bíblicos que, la verdad, eran bastante soporíferos. Los padres se tragan estas representaciones infumables por aquello de no traumatizar a sus hijos y que estos se sientan valorados. Pero aquella obra era un tostón. Como el texto que le tocaba se limitaba a una frase casi al final de la obra “Hágase mi voluntad” tuvo tiempo, mientras permanecía de pie sobre un pedestal en el centro del escenario, de observar la platea y descubrir los bostezos reprimidos de los padres y el arrobo impostado de las mamás. El colegio era solo de chicos, y los más rubitos y delgados hacían los papeles femeninos. Los padres de estos no miraban con demasiado orgullo la obra, pensaban, por ejemplo, que porqué no habían elegido a Borjita Fuster para hacer de María Magdalena, que era más delicado que un jarrón chino, en vez de poner ahí a su chico que parece un fantoche con esas faldas. ¿Por qué se había acordado de aquella escena precisamente ahora? Los chicos ecuatorianos eran animalillos salvajes, con las rodillas llenas de polvo, ropa sin marca, y unas risas tan francas que eran todo lo contrario de los envarados actores que tenían entonces la misma edad que estos jugadores. Las vidas boca arriba y boca abajo, como los peces de Géminis, como el Yin y el Yan. -Estos panchitos son libres como comadrejas del altiplano ¿hay comadrejas en el altiplano? Cuando crezcan se dejarán la piel haciendo los peores trabajos por un salario de subsistencia. Por el contrario, mis compañeros de colegio crecieron sometidos a normas férreas: estudio, silencio, disciplina, para luego, ya adultos jugar los partidos imponiendo sus reglas, partidos donde lo importante será ganar, por encima del placer de compartir juego. Aflorará todo el bagaje acumulado, programados para el éxito,  esfuérzate de pequeño que la recompensa merece la pena. Aguanta estos años restrictivos, que los tiempos de vino y velero están a la vuelta de la esquina-

Ángel no disfrutó de su recompensa, se le acabó el tiempo demasiado pronto, game over ¿Dónde está su esposa de pechos pequeños? ¿Dónde sus retoños de ricitos dorados? ¿Y su todoterreno urbano y su casita en la Mezquida? ¿Qué hace en un polideportivo de barrio de extrarradio esperando la noche para beberse a morro una botella de ginebra barata? -Morirse es una mierda y el cielo, otra. La vida también te da duro, pero al menos te queda la posibilidad, o la ilusión, de cambiar de rumbo. Como tarden mucho en llegar los niñatos a emborracharse me pido la vuelta al cielo, cancelación del periodo especial por falta de satisfacción, que me devuelvan el dinero o me hagan un cambio de producto “Tenemos una oferta de puenting en Pirineos, ¿le interesa?” Cualquier cosa menos esta espera lacerante-.

Apareció un coche amarillo rechinando ruedas que vino a frenar justo delante de sus narices. Estaba sentada en un bordillo, así que el morro caliente se quedo a la altura de su cara. El parking todavía estaba vacío, eran los primeros en llegar, lo que quiere decir que iban a por él, o para hacerse amigos o algo peor. Bajaron dos tipos, el conductor, un chico calmado y de buena presencia, o sea el más peligroso y… ¡el seguridad!

-Hola “Cristian”, dijo con retintín.

Hizo un gesto con la cabeza y no respondió. Fue a sentarse a su lado, el otro permaneció de pie.

-¿Dónde has estado desde que te bajaste del coche?

No sé, por ahí.

Ya. ¿Pero dónde?

He ido al Mercadona y luego aquí.

He estado en tu casa, hablando contigo. No encontrabas la camiseta de Las Vegas y lo demás. A mí esto me ralla, que a lo mejor es fácil de entender, pero es que yo soy lento.

-No has hablado con Cristian. Yo no soy Cristian.

-¿Eres su hermano gemelo? ¿Uno de esos niños robados que aparecen veinte años después, o qué? ¿Qué pasa, que no tenías ropa y has tenido que entrar a robársela al Cristian?

-Bueno, su ropa es más chula que la mía. Solo la tomé prestada.

Quítatela ahora mismo, dijo el que estaba de pie.

Luego paso a devolvérsela.

-Nos ha mandado a recuperarla. Quítatela, no tengo toda la tarde. Y da gracias que no te toquemos un poquito la cara.

-No puedo quedarme desnudo aquí.

-Pues danos una explicación que nos guste. Cuéntanos un cuento para dormir. Rapidito.

-Vivo en Barcelona. He venido porque mi abuelo está muriéndose. Hace un tiempo mi tía me contó  que en su barrio había un chico de mi edad que era clavado a mí. Investigué un poco. En Barcelona a veces robo en pisos, antes no, pero desde que la cosa está mal hay que buscarse la vida, por eso no me costó entrar a la casa de Cristian. Tomé prestada su ropa porque esta noche quiero salir a dar una vuelta y he venido vestido de vendedor de enciclopedias, mi padre me ha obligado. No sé si Cristian y yo somos gemelos, no tengo ni idea ni tampoco me importa mucho la verdad. Solo tenía curiosidad-. Ángel se sorprendió de la facilidad que estaba desarrollando para mentir, algo impropio en un ángel. Pensó que si esto llegaba a oídos del Consejo tal vez le revisaran el status y lo pasaran una temporada al área de observación, que es como le llaman allá arriba a lo que conocemos como el Purgatorio. Esa posibilidad no le preocupó.

El conductor, que había tomado la voz cantante, le miró de arriba abajo. Reparó de golpe en el parecido con el Cristian. Más que parecido era un clon.

-Menuda película nos has contado. ¿Estás seguro que todo ese rollo es verdad?

-Para que iba a mentirte. Me da igual. Dentro de pocas horas me marcharé de aquí, y la verdad, no creo que vuelva.

Sintió que no iba a perder este asalto por KO.-Si este par de gañanes me llega a dejar en bolas ya hubiera sido el no va más, fin del combate, directo al cielo sin escalas y tapándome las vergüenzas con mis manos incorpóreas.

-Vale, te has librado. Pero tienes que quitarte la camiseta y los vaqueros. Los zapatos te los puedes quedar, no valen una mierda.

Se acercó al maletero y sacó unos pantalones cortos de running, bastante viejos. “Toma” dijo mientras se los lanzaba. Se desnudó y al momento la pareja empezó a desternillarse, le miraban y se miraban entre ellos, la risa crecía como una ola imparable, uno se revolvía en cuclillas; el otro se apoyó en el techo del coche mientras se limpiaba los lagrimones. El seguridad se agarraba el estomago con gesto de dolor mientras se partía en dos. Ángel comprendió, y a su pesar no pudo menos que sonreír. Llevaba puesta la ropa interior que utilizan los santos varones en la eternidad. Unos calzoncillos de un algodón orgánico, sin blanqueantes, de tono amarillo pardo, sin elásticos, con bolsas por todas partes; en el cielo no piensan en adaptabilidad, no digamos ya en algo que resulte sexy. Ángel recordó haber leído en algún sitio que la última vez que el Negociado de Vestuario revisó los modelos de ropa íntima homologados fue a principios del siglo XVIII de la Tierra. Por lo visto a causa de las quejas reiteradas de un grupo de aristócratas francesas que encontraban intolerable el anterior modelo de lana con bolitas.

Se giró, se los quitó con rapidez y los lanzó detrás de un matorral. Se puso los shorts y les entregó la camiseta de Las Vegas y los vaqueros. Los dos sin decirle nada y todavía con estertores se metieron en el coche y se largaron.

Se encontró de pie en el parking, vestido solo con los pantalones cortos y unos zapatos feos. Estaba ridículo. Se acordó de su padre, siempre tan atildado “los calcetines del mismo tono que los zapatos y un punto más oscuros que el pantalón” Si lo viera ahora torcería el gesto con disgusto y se marcharía, ni una palabra, su especialidad eran los reproches mudos. No se imaginaba llegar así al botellón. No es que sepa mucho de seducción, pero tampoco es imbécil, sabe algo de psicología femenina y jamás podrá siquiera intentar hablar con una chica con esta pinta de pringado. Se acordó de la botella de ginebra, tal vez podría hacer un trueque. Fue hacia los contenedores y allí estaba. Ahora era un pringado semidesnudo con una botella de ginebra en la mano, la cosa no mejoraba y además se estaba arriesgando a que la policía volviera a darle la murga. Buscó en el contenedor de papel y sacó una bolsa opaca donde ocultar la botella, mejor no empeorar las cosas.

No podía ir a las tiendas de ropa del centro con esta pinta. Un chino, tenía que ir a un chino, ellos nunca se escandalizan ni ponen pegas aunque el cliente vaya vestido de chamán: cobrar y callar, lema de China. Encontró uno enseguida. Al entrar a la abarrotada tienda multiproducto se descorazonó al ver la selección entre la que tendría que elegir un atuendo. Después de dar vueltas y vueltas sin decidirse, eligió lo que le pareció menos llamativo: una camiseta blanca, unas bermudas a cuadros blancos y negros y unas sandalias de goma de color gris claro. Todo el conjunto catorce euros. Cuando llegó a la caja descubrió que la camiseta tenía dibujadas dos alas en la espalda, lo entendió como una broma del destino. La china le dijo que no podía pagar con tarjeta un importe tan pequeño, que comprara más, –si tarjeta compra más, compra más–  Volvió al interior del atestado almacén y cogió un par de cosas al azar, de lo más caro que encontró, una paellera y una escalera de cuatro peldaños. La china lo miró con una sonrisa satisfecha y sacó de la parte baja del mostrador un datafono. Al salir de la tienda depositó su compra extra al lado de una papelera para que alguien la aprovechara. Un poco de conciencia social. No había dejado la paellera en el suelo y un tipo que empujaba un carrito de supermercado ya estaba acomodando dentro la escalera. En el cielo no hay contenedores, no hay residuos, ese es otro de los motivos por los que los ángeles jamás pueden disfrutar de la alegría de encontrar algo tirado, algo seminuevo, algo bonito o útil que su propietario desecha y que sin embargo el que lo encuentra, recoge y atesora.  Ángel recuerda la anécdota que le oyó tantas veces a la tita Carmen, cuando acompañó a su marido a Los Ángeles a un viaje de negocios. Paseando por Beverly Hills encontró en el suelo una bolsa de basura abierta llena de ropa. Extrajo un cuerpo de pedrería de entre el montón y lo guardó rápidamente en el bolso. Al llegar al hotel se lo probó y le quedaba perfecto, la dueña era una gordita como ella, una gordita americana. Luego utilizó la prenda en un par de bodas en España, y nunca olvidaba contar de donde procedía, le parecía el colmo del atrevimiento y así se sentía moderna. Tita Carmen había sido una pionera en su época, fumaba y más tarde se hizo hippy, hasta que se casó con el tito Andrés y tuvo que moderarse.

Se había hecho de noche, estaba cansado y hambriento. Abrió la botella, llenó el tapón con un chorrito de ginebra y se lo bebió. El alcohol le quemó durante un instante en el estómago vacío y se sintió bien. Volvió a abrir la botella y esta vez bebió directamente un trago. Tenía que entonarse un poco. Ahora caminaba sin rumbo, las sandalias rechinaban escandalosamente sobre la acera, se bajó de ella y caminó por el asfalto. Los coches y las motos le pasaban cerca, era un vagabundo en la noche, un personaje que jamás imaginó que representaría, a él le tocaban siempre los papeles serios. Los bermudas le estaban grandes; como había tirado los calzoncillos, el pantalón al resbalar por sus enjutas caderas dejaba al descubierto la mitad del culo, que apenas cubría la camiseta. Por la parte delantera la cosa tampoco estaba tranquila, con la libertad de movimientos que da la falta de sujeción, empezaba a sentir un alegre rozamiento con la tela rígida y sin lavar. Cuanto más quería aplacar la nueva forma que estaba tomando aquello, más se empeñaba en crecer sin control. Tuvo que sentarse en la acera entre dos coches. Se impuso cantar de memoria un tema de la oposición y al cabo de unos minutos la cosa se normalizó. Tendría que haber comprado un cinturón y un slip, pero ahora era tarde, hasta los chinos tienen horario de cierre. Se veía una gasolinera al final de la calle, si tenía un baño en la parte trasera podría encerrarse allí y procurarse un alivio inmediato. Desechó la idea por sórdida, mejor esperaría a ver como se daba la noche.

Volvió a caminar por la carretera. Pasó una motocicleta rozándole el codo. Iban dos chicos sin casco y el de atrás se giró y le gritó “aparta, payaso”. Se quedó parado mirando como se alejaban y de pronto se sintió muy solo, como en su vida anterior; la gente iba y venía, daba vueltas a su alrededor, pero nadie se paraba a su lado. Un golpe de viento caliente le subió desde los pies. La copa de los árboles se agitó y sin más aviso cayeron unas gotas sueltas, gordas, como sobrealimentadas, que desaparecían en el asfalto caliente. -No, no, no, ¿quién es el guionista que mete aquí y ahora una tormenta de verano?- Un relámpago le sacó de su incipiente victimismo y al momento un chaparrón se desparramó sobre su cabeza. Dio media vuelta y volvió al polideportivo. La piscina de verano tenía una valla metálica no muy alta protegida por un seto. Corrió hacia ella y de un salto, agarrándose como un gato, llegó a la parte superior y de allí cayó al césped que rodeaba la piscina. Para entonces ya estaba empapado. Había perdido una sandalia y se torció el tobillo, pero le dio igual. Se lanzó al agua y empezó a nadar. Buceaba, siempre había tenido buena capacidad pulmonar. De niño pasaba los veranos en la montaña, en un chalet de una urbanización cerrada. Odiaba esa casa, sin hermanos, sin amigos, aquello parecía un pabellón de reposo. Pasaba muchas horas en la piscina, sumergido se aislaba de todo, miraba hacia arriba, veía los rayos del sol incidir en la superficie y le recordaba el mar.

Al principio de un verano el jardinero trajo a su hijo para que limpiara la piscina. El chico tendría unos quince años, su misma edad. Esa mañana estaba solo en casa, el jardinero les presentó por cortesía y se fue a lo suyo. El hijo, diligente, se metió en la piscina vacía con el cepillo de púas. Ángel subió a su habitación desde donde tenía una vista amplia del jardín. Le miraba mientras trabajaba; el hijo del jardinero se sabía observado y se afanaba con disciplina, pero sin convicción. Era evidente que no era habitual que trabajara con su padre, seguramente había terminado el colegio y le habían obligado a ayudar. No vestía como un chico en vacaciones o para trabajar en el exterior, iba demasiado abrigado: pantalones largos, botas de montaña y camisa arremangada. Pronto apareció un mapamundi en su espalda, dentro de la pileta tenía que concentrarse el calor, el sol de mediodía castigaba con fuerza.  Le costó quitarse la camisa, seguramente esperó hasta que se le hizo insoportable. Ángel estuvo rondando todo el día, siempre a distancia. Hubiera querido charlar con él, preguntarle donde vivía y si tenía hermanos. Le hubiera enseñado su colección de fósiles y luego se hubieran ido en bici a nadar al rio. Nada de eso ocurrió. Al final del día, el chico se montó en la furgoneta y desapareció, tampoco padre e hijo habían cruzado palabra en todo el tiempo. Nunca volvió a la casa.

Sintió que estaba llorando bajo el agua. Las lagrimas solo podía imaginarlas, la solución salina se disolvía automáticamente en un océano de agua dulce. Subió con ímpetu a la superficie y se sentó en el borde con los pies en el agua. ¿Qué clase de dios cruel es este que obliga a los ángeles a perpetuar la memoria? La idea de arrastrar el dolor sin ver el final es insoportable -¡Menuda recompensa! R.I.P., descanse en paz, dicen los hombres como última despedida, pero no es verdad, mejor debería ser disfruta el olvido-. Solo quiere dejar todo aquello atrás, está cansado de recibir la visita de personajes sin alegría. En sus recuerdos no hay besos a la luz de la luna, no hay regalos sorpresa, no hay deseos cumplidos, solo escenas de las que no es protagonista, gente a la que mira como a peces dentro de una pecera, sin saber lo que piensan ni lo que sienten. Querría convertirse en piedra. No en pájaro ni en hoja, no, en piedra, inmutable, serena.

Y ocurrió, sintió como se expandía por dentro, pero no se generaba tensión en los tejidos, al contrario, todo era ligereza. Esto debía ser una revelación. Desde su muerte no había estado en el verdadero cielo, había sido una especie de sala de espera. Ahora sí había pasado la prueba, estaba a punto de alcanzar el estado superior, la nada absoluta, disolverse entre cometas. Ser luz.

En la finca del otro lado de la carretera una anciana sentada en el balcón observa la cúpula celeste. Este verano está viendo más estrellas fugaces que el anterior.

-Las ánimas benditas están muy inquietas, algo les pasa a las pobres- piensa.

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