¿Cómo es tu ciudad ideal?

28 agosto, 2014 § 5 comentarios

utopia

Fotografía: Alamy

Esta pregunta es difícil de contestar. Por suerte, Paul Mason, un conocido periodista y presentador de televisión del Reino Unido se ha tomado la molestia de hacerlo por mí. Me divierte este tipo de británico, tan serio, tan respetable, culto e informado que es capaz de escribir un artículo así. El título, perfecto para encabezar un anodino trabajo de revista de tendencias, no delata las ideas tan personales de este señor, que a buen seguro han molestado al sector más conservador de su país.

He aquí un resumen:

Las diez cosas que una ciudad necesita para ser perfecta

Para The Economist es Melburne, Viena y Toronto; para el magazín Monocle es Melburne, Tokio y Copenague; para la consultora Mercer, el índice de “ciudades más vivibles” empieza con Viena, Zurich y Auckland.

Cuando leo estas listas, casi siempre encabezadas por ciudades en Australia, Canadá y Escandinavia, imagino que han sido compiladas por una pareja joven, monógama y aterrorizada. Sus típicos criterios –bajas tasas de criminalidad, colegios privados baratos y acceso a la práctica de deportes al aire libre de primer orden- siempre casan a la perfección con los estereotipos del moderno oficinista, no con el individual y complejo mundo real.

La ciudad ideal para Paul Mason:

Está cerca del mar, o de otra masa de agua suficientemente templada para nadar en ella.

Tiene barrios enteros basados en una economía hipster. Aunque últimamente denostados, los hipsters son una señal crucial del buen estado económico de la ciudad. Su presencia muestra que son capaces de vivir de su ingenio incluso en un contexto de estancado neoliberalismo. Esta clase de barrios normalmente contienen: tiendas de ropa vintage, pequeñas destilerías, un club gay, puestos de comida rápida, bares y cafés que no son propiedad de cadenas globales o franquicias y un montón de pequeños talleres de micro negocios creativos. De modo ideal, estas áreas albergarían tanto a hipsters como a comunidades pobres y étnicamente diversas que se abstendrían de entrar en conflicto entre ellas.

El sector financiero tendría que ser lo suficientemente grande para movilizar capital externo y el ahorro local, pero no tan grande que permita a la elite manejar las cosas con su habitual estilo mezcla de aristocrático club de caballeros y crimen organizado.

Tiene que tener teatros, esto es crucial. No solo grandes, como la Opera de Viena, donde las elites pueden lucir sus joyas y pieles, sino pequeños teatros, en almacenes o patios abiertos (si esta ciudad ideal está situada en algún sitio soleado).

Tiene una red de carril-bici y tranvías.

Posee un extenso ecosistema de garitos para gays, lesbianas, transexuales, BDSM, así como los viejos, simples y sórdidos baretos para heterosexuales: bares, discotecas, cabarets y todos esos callejones y zonas verdes poco iluminadas con los que están relacionados. Es una verdad ignorada por aquellos que hacen las listas oficiales de mejores ciudades para vivir que Joe Corporativo, con su raqueta de squash y sobrio traje y Joanna Corporativa, con su niñera y su cochecito, en realidad quieren vivir muchas otras vidas secretas y paralelas, y la ciudad ideal es una versión similar, pero en grande, de Craigslist.

Su arquitectura recupera espacios como fabricas y almacenes. Harlem en Nueva York, Fitzroy en Melburne, Prenzlauer Berg en Berlín todos destilan una atmósfera positiva e intangible derivada de su combinación de ladrillo, ornamento, renovación y reutilización.

Es étnicamente mixta y tolerante y hospitalaria con las mujeres. En algunas de las ciudades “más seguras” en estas listas de la liga mundial, de hecho es donde las mujeres no pueden vivir  una vida igualitaria y moderna porque áreas enteras están cerradas por el conservadurismo religioso, o por una rigurosa vigilancia policial de las minorías.

Ningún suburbio ha de ser lo que el departamento Habitat de las Naciones Unidas llama “suburbios de esperanza” estableciendo puestos para movilidad ascendente, autocontrol y evitando el caos (en una situación ideal no habría suburbios pobres en absoluto).

Indispensable, una cultura política democrática de la cual estén orgullosos los habitantes, que les llame a manifestarse con regularidad, para tener debates en voz alta en plazas pequeñas, mantener a su policía desmilitarizada y controlada, y les permita asimilar a los emigrantes que inevitablemente llegarán, e identificarlos como productos de la ciudad aunque ellos mismos naveguen por el mercado de trabajo global.

A Viena le falta diversidad, el centro de Melburne necesita una mejor escena teatral y la verdad, el mar está condenadamente helado.

Si pudiéramos cortar y pegar todo el este de Bondi Junction (Sidney) sobre el SoHo de Londres y el Raval de Barcelona, darle a esa ciudad un gobierno feminista reclutado en Escandinavia podríamos estar cerca. Pero no podemos, entonces tendremos que soñar. Y recuerden que fue la imaginación de quienes construyeron lo mejor de las ciudades del mundo la que hizo posible estas listas de una liga global: no el mercado inmobiliario o las regulaciones urbanísticas, sino las elevadas visiones de un espacio urbano transformado. Soñemos pues.

El original aquí:

http://www.theguardian.com/commentisfree/2014/aug/25/10-things-a-perfect-city-needs?CMP=twt_gu

Crónica neoyorquina VI. 2/2

16 julio, 2014 § Deja un comentario

Moda con mayúsculas

La única vez que he podido entrever los entresijos de una pasarela de moda fue en Nueva York. Aquel fue el último año que se celebraba la New York Fashion Week en Bryant Park, una plaza ajardinada en la que instalaban carpas para acoger el evento. Me sorprendió que en una ciudad en la que a poco que rasques salen cien construcciones perfectas para localizar el evento, se escogiera un espacio público y abierto, y la humildad de unas lonas blancas. Eso sí, más céntrico imposible. En Bryant Park hay mobiliario urbano como de terraza de casa, sillas y mesas portátiles que por alguna razón nadie roba. También hay wi-fi y expositores con prensa y revistas a disposición de los viandantes, algo que no hubiera llamado mi atención en Copenhague o Tokio, pero sí en Nueva York.

Durante la semana de la moda, el parque no estaba acotado por vallas, ni había seguridad –al menos de modo evidente- en los accesos, lo que quiere decir que cualquiera podía atravesar la zona o permanecer por allí fisgando lo que quisiera; eso sí, de entrar a las carpas sin acreditación ni soñarlo. Lógico. Por supuesto que nos quedamos un rato dando vueltas entre periodistas, fotógrafos, gente del mundilloy … fanses japonesas.

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No me canso de dar gracias a la organización por el rato tan divertido que nos hicieron pasar. Entre montones de profesionales vestidos de negro y con cámaras con teleobjetivos kilométricos se coló nuestro Chico Ostra con su pequeña, modesta, económica cámara digital. El proceso consiste en que las modelos son maquilladas y peinadas en una carpa situada en un extremo del parque. Desde allí caminan unas decenas de metros hasta otra carpa mayor donde se visten con las creaciones de la firma que le toque desfilar. Ese corto trayecto a pie lo hacen todavía vestidas con su propia ropa, la mayoría en vaqueros, camiseta y zapatillas de deporte. Un momento muy democrático. Las modelos de pasarela no suelen ser conocidas entre el gran público, y durante el paseíllo disfrutan el momento, encantadas de exponerse a las cámaras de admiradores anónimos; allí pueden ser espontaneas y lucirse sin prisa, como estrellas en el photocall. Es a esa distancia, donde puedes incluso tocarlas, donde se ve que esas musas que más tarde serán disfrazadas de mujer son realmente muy, muy jóvenes, están extremadamente delgadas y algunas lucen los granos en la cara que corresponden a su edad.

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Chico O. se movía como pez en cubitera de champagne por entre las modelos, les sacaba primeros planos extremos –todos desenfocados- poniendo él mismo cara de estar haciendo un trabajo muy serio. Moni y yo nos reímos con ganas, observando a distancia prudencial la excelente performance de nuestro amigo.

Tengo la sensación de que he extendido demasiado estas crónicas; la ciudad da para mucho, pero en algún momento hay que ponerles final.

Me dejo las tiendas gigantes de electrónica regentadas por judíos ortodoxos, donde es imposible entender el horario de cierre por días festivos, pues la lista es larga y con nombres que jamás había oído –Tu B’shvat, Purim, Rosh Hashaná, etc-.

Me dejo el pequeño comercio de manicura y pedicura que llevaban unas chinas en medio del barrio más negro de la ciudad, donde nos gastamos las últimas monedas antes de abandonarlo rumbo al aeropuerto, y lo extraño que fue que una de las chinas me enseñara su llavero, que no era otra cosa que una bota de vino de cuero en pequeñito, y me contó que su hijo estaba estudiando en La Rioja.

No me extiendo sobre los precios irrisorios de las zapatillas New Balance, que aquí están tan de moda y allí están tirados. Ni tampoco sobre la experiencia de comer una hamburguesa en un antro escondido dentro de Le Meridien, un hotel de lujo. Nueva York, con tiempo, y dinero, te proporciona más experiencias por hora que la mayoría de destinos, es una ciudad que te ofrece montones de estímulos, si tienes el gusto de ir descubriéndola y te aventuras un poco más allá de lo obvio, algo que por otra parte y aunque yo no haya hablado de ello –Estatua de la Libertad, Empire State, Central Park, MOMA…- también son citas imprescindibles.

La despedida no fue fácil, allí había material para haberse quedado a vivir al menos un año. La gran crisis ya estaba aquí, pero los efectos todavía no eran tan dramáticos como luego han llegado a ser. Aquel vuelo directo Nueva York – Valencia, que muy poco después dejaría de operar, iba a rebosar de señoras bien, cargadas de bolsas: Nueva York destino de compras. Cada viajero vendrá con una idea distinta de NY y todas serán verdad. Esta ciudad no te la acabas.

tuc tuc

Aquel que se haya leído enteras las crónicas neoyorquinas y sea observador puede que haya llegado a la  conclusión que todas las anécdotas en las que hay un contacto humano con un neoyorquino están protagonizadas por negros. Hasta verlo escrito yo mismo no me había percatado. Están más abiertos a trabar contacto con desconocidos y extranjeros, y aunque en principio para un español esta relación debería de darse con los hispanos, lo cierto es que no es así.

Nueva York, nos volveremos a ver. Espero.

Crónica neoyorquina VI. 1/2

16 julio, 2014 § Deja un comentario

De los días de cerveza y rosas a la inexorable despedida

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Se puede ver otra cara de Brooklyn, menos “popular” si nos desplazamos unos kilómetros en dirección al reino de las camisas de cuadros. Nuestros vecinos de Williamsburg fueron unos de los pioneros en el finisecular movimiento hipster. Mezclas un poco de contracultura domesticada, algo de estética fashion-queer-grunge y un MacBook Air y ya tienes el perfecto representante de este agradable barrio. El ritmo es sosegado, como de comunidad amish con jeans ceñidos; parece que la gente vive del aire, sin necesidad de madrugar para coger el metro y pasarse el día en una fábrica u oficina. Los cafés están llenos, las librerías están animadas, muchas bicicletas aparcadas, aunque parece que nadie las utiliza. Un mundo de cuento donde los foráneos, al caminar por sus calles, soñamos con tener una existencia igual de apacible, donde quedas a tomar una cerveza con un amigo y casi sin querer surge la idea de crear un espacio de arte alternativo o una marca de alimentos orgánicos con una etiqueta preciosa.

No sin mi Mac

Hace pocos años esta zona industrial era el patio trasero herrumbroso de Nueva York, pero mira por donde, a una distancia tan lejana como cruzar un puente sobre el East River se encuentra Manhattan; además desde este lado se tienen unas vistas excelentes del skyline, con lo que solo era cuestión de tiempo que el barrio acabara floreciendo.

Llegamos por la mañana; un paseo, una cerveza y un menú thai después nos fuimos de allí. Es lo  que tiene vivir en Ruzafa todo el año, que aunque menos cosmopolita, las claves que allí manejan ya me las conozco de sobra.

Si en el plano imaginario de la modernidad ponemos en un extremo a los hipsters –los hamsters, como dice Moni- de Williamsburg y en el otro a los ricos herederos del Upper West Side, en medio está el trendy noctámbulo del Meatpacking District.

Meatpacking District

Emparedado entre los veteranos Chelsea y  West Village, el Meatpacking era la gigantesca carnicería que suministraba chicha a esta macrourbe. De aquellos tiempos, en los que ningún ciudadano que no se dedicara al oficio de matarife se hubiera paseado por sus calles, provienen los inmensos almacenes de ladrillo y las calles empedradas, esos detalles que ahora le dan tanto sabor. Las chicas de Sexo en Nueva York lo pusieron en el mapa global y ahora es el lugar adecuado para salir una noche de fiesta. Legiones de jóvenes,  que da gusto ver lo monos que van, llenan los locales de moda. El centro del barrio gira alrededor de la tienda de Apple, un cubo de cristal que ejerce de nueva catedral laica. Desde el exterior se ven circular ríos de personas arriba y abajo, en un remedo de la actividad en un hormiguero.

En este barrio han reconvertido unas elevadas vías de tren en desuso en un paseo aéreo que se eleva sobre la ciudad, que sigue su ritmo nueve metros más abajo. El Highline Park es una curiosa iniciativa que, al tiempo que conserva el patrimonio urbano, añade zonas verdes en un barrio que no anda sobrado de ellas. Pasear por este parque en algunos tramos es el sueño de un voyeur, tan cerca quedan los edificios.

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Aprovechando esta distancia y la nueva iluminación pública, una vecina ha creado el High Line Renegado Cabaret, un espectáculo que ofrece a cualquiera que quiera verlo desde la escalerilla de incendios de su edificio. Se podía consultar la programación en su web, no sé si el espectáculo continúa. Los deportistas se pueden acercar al parque fluvial del rio Hudson y darse una vuelta gratuita en piragua; un grupo de voluntarios gestiona este servicio. El ferry a Staten Island es gratis, una excursión perfecta para tener en el viaje de vuelta una vista fantástica del Downtown.

Ferry de vuelta de Staten Island

¿Aun queda alguien que dude del atractivo irresistible de esta ciudad?

Y ya que llevamos unos cuantos párrafos que si moderno, que si trendy, que si cool, voy a lanzarme al terreno de la moda.  Uno de los destinos preferidos de los turistas es la tienda de Abercrombie & Ficht. Esta marca de ropa informal, que arrasa entre los adolescentes, ha basado su modelo de negocio en proclamar que su ropa es para guapos y ricos. Es curioso porque sus prendas carecen de cualquier valor añadido desde el punto de vista del diseño de moda, la calidad del tejido o la confección; se limitan a vender a precios inflamados camisetas de algodón y jeans donde figura el nombre de la marca o las iniciales en tamaño preponderante, inequívoco. La tienda de la Quinta Avenida tiene cinco plantas por donde una marabunta -no todos compradores, habemos mucho mirón- nos deslizamos en penumbra con música de fondo a todo volumen: exacto, igual que una discoteca. El reclamo principal son los chicos que exhiben en la entrada sus vientres cuadriculados y pectorales de hierro. Los modelos de torso desnudo dan la bienvenida con una sonrisa a todo el que cruza el umbral, incluso en invierno, cuando han de cambiarlos cada cinco minutos para evitarse un juicio por maltrato laboral o peor aun por muerte por neumonía. Y me pregunto ¿por qué solo chicos? ¿Qué pasaría si ponen chicas con la parte de arriba del biquini? Parece que las tetillas masculinas son asumibles para los defensores de la corrección política, es un erotismo mainstream, mientras que con el semidesnudo femenino se arriesgan a ser tachados de sexistas y a dar una imagen de calendario de taller mecánico. O tal vez lo que quieren es atraer a las mamás que son las que queman la tarjeta de crédito para vestir a sus retoños.

Dejamos la tontuna de A&F para los chavales que necesitan reafirmarse pagando un potosí por una sudadera y pasamos a la moda con mayúsculas.

 

Solo para sus ojos

9 julio, 2014 § Deja un comentario

Banksy

Según el célebre verso de Pessoa, todas las cartas de amor son ridículas.  Por eso solo deberían ser leídas por aquel para el que fueron escritas. Hasta lo del támpax del príncipe Carlos debió de tener su punto para Camilla, pero quedaba intolerable en boca de un príncipe al ser publicado por los medios. Siempre que salen a la luz frases dichas en privado, o escritas para un único destinatario, siento una punzadita de incomodidad y me solidarizo con el incauto al que han pillado.

John Galliano me parecía un botarate excesivo, pero cuando una pareja de jóvenes y sanos wasp lo denunciaron por soltarles un improperio, y al cabo destruyeron su carrera, desee que una institutriz suiza les aplicara a esos dos un correctivo ejemplar. El pobre John, decrépito, ebrio, evidentemente infeliz, componía, sentado él solo en la mesa de un café, una estampa grotesca. Las miradas de los jóvenes bien, su insistencia en no dejar en paz al “genio”, acentuaban el patetismo de la imagen que reflejaba el creador; toda la escena bien grabada impertinentemente con el móvil. Como buena mariquita mala, John solo hizo lo que se podía esperar de él para salvar su maltrecha dignidad: soltar por su boquita una sentencia que venía a ser el equivalente rebuscado al clásico iros a tomar por c…., pareja de gilipollas.

Todos, cuando nos relajamos en compañía de personas que no nos juzgan, y que comparten nuestros códigos de humor, decimos frases que ni soñaríamos repetir en otras circunstancias. El abanico de temas a los que disparar es muy amplio, de hecho, a poco que alguien no sea un pazguato o un melindres, no hay icono al que en algún momento coloque en el pim pam pum, aunque solo sea por el placer irreverente que produce tratar sin remilgos cualquier asunto como la infancia, los extranjeros, el machismo, la enfermedad o lo que se os ocurra. Y no es falsedad ni hipocresía el reírse con un colega de lo burra que es su esposa al volante y defender públicamente la igualdad de derechos de la mujer, o verbalizar lo coñazo que se ponen los niños del vecino, que es para atarlos y amordazarlos, al tiempo que jamás defender en una tribuna el maltrato infantil.

Ahora más que nunca está al alcance de cualquiera difundir imágenes, tuits, mails que se pueden llegar a extender de modo exponencial gracias a las redes sociales. A poco que el contenido tenga algo de carnaza -una concejala jugando al monta aquí y verás Toledo, o un congresista demócrata mostrando lo elásticos que son sus boxers– el resultado será millones de personas metiéndose literalmente en tu intimidad, convirtiéndola en extimidad, y opinando sobre ello sin compasión.  El concepto “lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas” ya no es posible, demasiados smartphones alrededor. Supongo que es uno de los inconvenientes que tenemos que asumir por estar comunicados por demás. No podemos controlarlo todo, pero aquello que sí está en nuestra mano, para evitar situaciones incómodas, es ir haciendo uso de nuestra vieja amiga la prudencia, y dejar en el ámbito analógico aquello que no queramos que sepa la portera global.

Crónica neoyorquina V

2 julio, 2014 § Deja un comentario

Ciudad multicolor. Del negro a la psicodelia

warriors adolescentes

Mis colegas y yo, al igual que los Hombres G, nunca hemos sido los guapos del barrio. Por eso, porque no es habitual que ocurra, aún es más placentero el subidón de vanidad que sobreviene después de un halagador comentario casual. El piropo está en desuso y esto, que ya no es habitual para una mujer -los pocos albañiles que quedan en los andamios están más preocupados por conservar su trabajo que por mirarles las piernas a las chicas guapas- no digamos ya en el caso de ir dirigido a un hombre

Lo que voy a contar me infló como un globo de helio. Ocurrió en Harlem, durante la Parada del millón de negros. Es una fiesta anual en la que se dan cita negros llegados de todo el estado. No entendí muy bien el significado de la concentración, la información que saqué de Internet es confusa.

Police Line Harlem

Especial Harlem como jungla urbana

Resulta que las agencias de viajes ofertan excursiones en autobús a Harlem por sesenta dólares para ver el barrio a través de las ventanillas. Te venden el producto como un viaje peligroso a territorio comanche, una experiencia intensa, en la que no te pasará nada si sigues las reglas. Como si fuera un trayecto por la sabana, en la que si bajas del 4×4 a mear te puede devorar un león. Descienden unos minutos en la puerta del Teatro Apollo, donde les hablan someramente de las glorias pasadas –aquí cantó Ella Fitzgerald (todos: ooohh) – a continuación a comer pizza al Sylvia’s, donde se relajan al ver que todos los comensales son turistas como ellos, y vuelta al autobús. Luego se extrañan cuando, sobretodo en el pasado, algún mozo les lanza una pedrada al cristal del bus. A los negritos a veces les divierte asustar a los cretinos que pagan por sentir lo buena que es su vida en comparación con la de esos pobres que viven en un barrio tan sórdido. Si quieren experiencias que se vayan a nadar en un rio con pirañas o algo así. La realidad es que por poco más de un dólar puedes llegar en metro al corazón de Harlem y darte una vueltecita por allí sin que nadie se tome la molestia de reparar en tu presencia.

Ese día el barrio estaba hasta la bandera. La parada era un gran pasacalle, que insisto en que desconozco la finalidad, si es festiva o reivindicativa, solo sé que desfilaban pacíficamente unos, mientras otros los miraban desde las aceras; vamos, como la ofrenda de flores a la Mare de Déu, pero en oscuro.

Parada

Salen en comitiva vestidos como solo ellos pueden hacerlo, con toda la ostentación, descaro, exuberancia y falta de prejuicios que parecen consustanciales a los afroamericanos. Desfilan a pie o subidos a descapotables, carrozas o patinete, todo vale.  Los latinos tampoco se quedan cortos, en sus demostraciones coloristas, pero mientras los negros son más originales y expertos en crear tendencias, los latinos se conforman con tirar de folclore.

En medio de ese ambiente festivo, las calles adyacentes están llenos de puestos de mercadillo. Lo que triunfaba en ese momento eran las camisetas negras con la cara de Michelle Obama hechas con tachuelas plateadas. Acababa de pasar por delante de uno de esos puestos, cuando oigo a mi espalda a un vendedor gritar a plena voz ¡GEORGE CLOONEY! Me giré y aquel negro me estaba mirando y señalándome con el dedo, mientras lucía una sonrisa donde se engarzaban unos dientes refulgentes de presentador de concurso televisivo. Que queréis, yo me quedé encantado, no todos los días te comparan con uno de los hombres más sexys del mundo.

Vimos un rato la parada, y cuando empezó a hacerse repetitiva, nos tomamos un granizado de frutas exóticas, que el vendedor ambulante sacó de un carrito de helado que dataría de la guerra de secesión. Y nos fuimos, sanos y salvos.

Las almas que suspiran por escenarios decadentes y esplendores oxidados no pueden dejar de ir a Coney Island.

Neon

Hubo un tiempo en que a la playa solo iban los pescadores. De pronto, a principios del siglo pasado, se pusieron de moda los baños de mar; la clase trabajadora empezó a imitar a la burguesía que descansaba en balnearios al borde del mar y surgieron los primeros centros vacacionales y de ocio en Europa y América. Coney Island fue uno de los más importantes en su momento. Ahora está falto de brillo, con un aire jubilado, cansada de fingir la felicidad. Allí sobrevive un curioso parque de atracciones en el que la estrella indiscutible es el Cyclone, una magnífica montaña rusa construida en madera en 1927, y que después de alguna que otra renovación sigue dando guerra.

Cyclone I

Cyclone

Hay carteles que te avisan que no se te ocurra subir si no disfrutas de una salud de hierro, no porque les importe tu supervivencia supongo, sino para evitar denuncias posteriores cuando alguien se quede fiambre porque se le ha salido el corazón por la boca.

Tipo Guantánamo La entrada es tipo Guantánamo

Safety

Después del agitado viaje, me sentí como si unos sicarios me hubieran apaleado con un bate de beisbol; por no hablar de la cabeza, que se mantuvo en una desagradable nebulosa durante unas horas. Que Francis Drake se mareó bordeando el Cabo de Hornos con olas de veinte metros de altura… ¡bah, tonterías!, un descenso en el Cyclone sí que son palabras mayores.

Pero la verdadera razón para acudir hasta Coney Island era ver su famoso Circus Sideshow, el circo freak para entendernos. Un teatro al que se accede por una mínima escalera y que consiste en un recinto con unas pequeñas gradas de madera, tablas, paredes y techo pintados de negro, y donde los actores del espectáculo están casi al alcance de la mano. Poco más que una barraca de feria del siglo XIX; donde entonces se sorprendían con la mujer barbuda o una pareja de siameses, ahora nos arrancan una sonrisa los personajes que salen al escenario a revolvernos ligeramente las tripas.

Electra  Como ahorrar en la factura de la luz

Tapón antimucosidad  Tapón antimucosidad

El maestro de ceremonias tocaba el violín y se clavaba con un martillo clavos en la nariz; la chica maravillosa se tragaba lo que parecía una réplica de Excalibur, la espada del Rey Arturo; la vedette sexy entrada en kilos hacía un número con una impresionante pitón amarilla. El que parecía el número principal era el menos interesante, pues solo se basaba en la deformidad física del actor. Un chico de Texas que salió con las manos dentro de bolsas negras, guapete y con buen cuerpo, resulta que al quitarse las bolsas sus manos eran como pinzas, dos únicos dedos gruesos que recordaban, que sé yo, a una ¿foca? Luego se descalzó y también los pies eran deformes, e hizo un paripé en el que pisaba cristales y tal. Igual el chico se mostraba así porque estaba ahorrando para operarse, o tal vez le gustaba de verdad la vida circense.

En una excursión a Coney Island, se supone que para reponer fuerzas hay que comer en Nathan’s, un sitio sin ningún interés y que es famoso a nivel internacional por su concurso de comer perritos calientes.

Nathan's

Es un espectáculo zafio este de ver a un tipo engullir perritos durante doce minutos como si no hubiera un mañana, pero, gracia que tienen los americanos para el entertainment, consiguen que esta chorrada sea casi tan vista como la Super Bowl. Aunque parece un torneo destinado a tener como competidores a obesos mórbidos, con tripas como un tambor de lavadora, en realidad durante años el ganador ha sido un japonés bastante menudo.

Nathan's El joven aspirante de 23 años Joey “Mandíbulas” Chestnut (1,80 metros y 99 kilogramos) intentando arrebatarle el título al campeón de 29 años Takeru “Tsunami” Kobayashi (1,73 metros y 58 kilogramos), ganador durante seis años consecutivos del Nathan’s Famous 4th of July Hot Dog Eating Contest.

Las nuevas Fallas

25 junio, 2014 § 4 comentarios

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Que ahora las fallas (los casales, las comisiones, los falleros) son un factor a tener en cuenta. Que ya no vale el desprecio sutil de los modernos, los progres, los listos. Eso al menos es lo que estoy leyendo últimamente: la red de casales conforma un movimiento asociativo sin parangón en Europa; ninguna iniciativa ciudadana de calado puede salir adelante si no tiene el plácet de los falleros; no todos los falleros son cavernícolas sin civismo, etc, etc.

Vale, vale, vamos a empezar a mirar a los falleros con otros ojos, que igual hemos sido muy estrictos con ellos.

El sábado trece de junio, once días antes de la noche de San Juan,  las comisiones falleras tenían permiso del Ayuntamiento de Valencia para montar verbenas nocturnas. Ruzafa se llenó de música a todo volumen y calles atiborradas de gente, un remake casi perfecto de la víspera de San José. En días así el barrio pierde casi todo su atractivo y es tan agradable de pasear como el pasillo de la feria donde se concentran las tómbolas. En vista del panorama, fuimos a cenar allende nuestras fronteras naturales, hasta una tranquila terraza cercana al Jardín de Ayora. Después de cinco minutos sentados a la mesa, un estruendo surgió de una calle adyacente. Al acabar de cenar nos acercamos a ver el motivo: la presentación del presidente infantil de la falla.

Un locutor de voz radiofónica desgranaba un empalagoso discurso laudatorio sobre el niño que permanecía en pie en el centro del escenario. El pequeño president estaba tieso como un soldado en una parada militar, vestido como se vestiría un millonario hortera para una cena en Marbella –pantalón con raya, blazer cruzado azul marino con botones dorados, mocasines, gomina en el pelo- mientras, por las palabras del locutor y luego por su madre, supimos que estaba allí gracias a su envidieta, pues el presidente infantil del año anterior había sido su hermano… y en ambos años el presidente “adulto” era el padre de los chiquillos ¿tufillo caciquil? Por cierto la madre como actriz no pasaría de sainetera de patio de vecinos; en tres ocasiones durante su alocución, impostó una emoción falsa que daba pelín de vergüenza ajena.

La semana siguiente, sábado veinte de junio, los casales volvían a tener permiso para celebrar verbenas en la calle ¿otra vez? para celebraar la verbeena de San Juaan, sií…

¿Estamos en Alicante y no me he dado cuenta? ¿Tan señalado es San Juan para los falleros que necesitan honrarle tanto? ¿No es suficiente con las fiestas a San José y los espectáculos callejeros en homenaje a los San Vicentes, que hay que añadir a San Juan también? ¿Y por qué no una semana de fiestas para Santa Neleta?

Este último sábado, volvía a casa a las siete de la tarde y me encontré un escenario nuevo bajo mi casa, la primera vez. A golpe de cañonazos sonoros, ya estaban obligando a los vecinos a obstruirse voluntariamente las trompas de Eustaquio. No sé a que hora empezaron, afortunadamente no estaba allí para comprobarlo. Un animador, que de pequeño debió caerse en una marmita de peyote, ultraestimulaba a gritos a diez niños que saltaban en medio de la calle.

El explosivo festival se prolongó sin interrupción hasta las tres de la madrugada, con su potente disco móvil, que no digas tú que van a escatimar en altavoces. Eso sí, apagaron la música con precisión germánica para evitar sanciones, ni un minuto más de las tres. Bravo.

Los falleros son muchos, pero agrupados en pequeños reductos. La mayoría de los bailes agrupa a un puñado pequeño de seres humanos inmunes al desaliento, la mayor parte del tiempo con cara de aburridos. Pero como parece que cuanto más volumen mejor es la fiesta, pues adelante: Boro, chira la roda a tope. Si tanta devoción tienen por los santos, no estaría mal que adoptaran también a San Vicente de Paúl que dijo cosas como que el ruido no hace bien, y el bien no hace ruido.

Las Fallas son una tradición, merecen respeto, merecen que nos sintamos orgullosos de su singularidad, son un valor inmaterial para la ciudad. Digo yo, que en contrapartida, ellos deberían hacer un esfuerzo por hacerse de querer; que la impunidad y la carta blanca no es la mejor forma de integrar a los escépticos y los desencantados. No te digo ya a los hartos.

Crónica neoyorquina IV

20 junio, 2014 § Deja un comentario

Más allá de la postal

De dietas desequilibradas, espiritualidad, plagas y la amabilidad de los extraños

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La primera excursión por los alrededores de la casa fue decepcionante, no había vida: poco tráfico, menos paseantes, ningún comercio. Imposible saber dónde se toma la cervecita after-work toda esta gente. ¿Estábamos en una zona residencial-dormitorio? Desde luego, en estas calles no íbamos a hacer mucha vida. El supermercado, al lado de la estación de metro, a unos quinientos metros, era el único punto donde se concentraba algo de actividad. Luego dicen que Estados Unidos es un país de obesos, solo con entrar en el supermercado entiendes el porqué. Ya puede Michelle Obama hacer campañas federales para que los niños hagan ejercicio y lleven una dieta sana, tiene la apuesta perdida, el trabajo pendiente es bastante arduo. Venden el azúcar en ¡sacos!; los botes de helado son de ¡cinco kilos! Claro que eso solo se ve en las zonas pobres. En los Whole Foods de Manhattan, donde compran los lectores del New York Times que hacen running en Central Park y llevan a sus hijos a escuelas progresistas, un bollito de pan de romero cuesta tres veces más que un paquete de dos kilos de pan de molde en mi tienda de Bed-Stuy. Los pobres se saturan a grasas trans, que se depositan en los traseros de las mamás negras e hispanas, mientras que algunos de sus hijos se salvan porque el baloncesto y el hip hop les hace mover el culo. Qué triste ir a la zona de productos frescos, que raquítica la selección de verduras. Aquello era un festival de productos retractilados, precocinados, ultracongelados, desnaturalizados. Repito, que triste. Aquí saben lo que es un mercado con frutas y hortalizas, pero lo consideran algo exótico y exquisito, un tipo de compra no para diario. Como cuando nosotros compramos marisco para un día especial, ellos -los urbanitas con poder adquisitivo- compran alcachofas y una botella de vino.

Al día siguiente era domingo, y no podíamos dejar pasar la oportunidad de acudir a una misa góspel. No una de las recomendadas por las guías, en las que el coro vende discos de sus actuaciones y hace giras por Europa, esa  no. Siempre en busca de una experiencia única, con la vana intención de ser los primeros que descubrimos ese templo especial, esa joya oculta, desde casa dimos un agradable paseo hasta la iglesia que nos recomendó el casero. Durante el camino de unos dos kilómetros vimos transformarse el barrio conforme nos acercábamos al East River. La gentrification, la gentrification.

La iglesia estaba a rebosar, 100% black. Las ancianas fantásticas con sus sombreros, como si el tiempo no hubiera pasado desde 1957. Los señores con trajes ligeramente brillantes y corbatas anchas. Nos metimos alegremente en busca de un asiento.

Yo que en España solo asisto a misa bajo amenaza de tortura, me vi aquí tragándome unos sermones más largos que los discursos de Fidel. Pensaba que tobo iba a ser coros de negros con túnicas, levantando los brazos y la mirada al cielo, cantando Thank you, Lord. No. Aquello era misa, reunión vecinal, juegos florales fin de curso, reivindicación social y más misa. Dos horas de oradores varios, en inglés que apenas entendía, y sin posibilidad de escapatoria, atrapados como estábamos en el centro de un banco corrido en medio de la iglesia; las personas de delante, detrás y a los lados, con los ojos cerrados, rezando por lo bajo, o extraordinariamente atentos a las palabras del que estuviera en el atril, cabeceando en sentido afirmativo.

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Solo una mínima parte del acto hubo canciones. Incluso un baile algo ñoño de unos jóvenes en el pasillo central. Cuando la platea está compuesta por un público tan entregado, no puedes hacerte de notar, y más siendo los únicos blancos. Quietecitos y callados, hicimos un ejercicio de respeto que nos honra, teniendo en cuenta que lo que en realidad nos pedía el cuerpo era largarnos a tomar una cerveza. Ahora no me atrevería a desdeñar tan rápidamente una misa para turistas, con menos espiritualidad y más espectáculo.

La primera noche dormimos como marmotas; la segunda,  la suma de calor de septiembre más hamburguesa para cenar, daba igual a sed a mitad de noche. Me levanté a beber agua. Entré en la cocina y cuando encendí la luz me encontré con un ratoncito blanco dando vueltas por la zona de fuegos. Después del primer sobresalto, como el tamaño y el color del animalito eran manejables, no salí de allí dando un portazo. Pero la cabeza funciona rápido: si está aquí el pequeño Mickey, muy cerca han de estar sus papás, y sus primos y sus vecinos ¡Qué asco! Cuando me acerqué, el ratolín se metió por el agujero de los conductos del gas y desapareció en las tripas del edificio. Me apresuré a guardar en el frigorífico cualquier caja o alimento susceptible de ser mordisqueado, para evitar el efecto llamada, y me volví al dormitorio, cerré la puerta y puse una toalla en la parte de abajo para que ningún visitante indeseado se colara en la fiesta. A la mañana siguiente lo conté y la reacción no fue nada histérica, al contrario de lo que esperaba. Nos limitamos a bautizar a la nueva mascota como Coney y seguir nuestra vida. Nada diferente de cómo actúan millones de neoyorquinos en una ciudad donde las ratas están tan omnipresentes como las banderas de las barras y estrellas. Hay algunas estaciones de metro exteriores donde impresiona mirar a las vías y encontrarte cientos de ellas corriendo arriba y abajo, en actividad frenética. Son un problema endémico de la ciudad, mientras no las ves no importa, el día que suban a tomar el té al último piso del Macy’s, se habrá acabado la civilización.

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Ya he contado que los primeros días teníamos declarado un veto a Manhattan, queríamos darle una oportunidad al resto de la ciudad, eternamente eclipsada por el brillo de su barrio más famoso. Había leído el libro de Guillermo Fesser, A cien millas de Manhattan, donde cuenta su año americano, y pensé que sería una buena idea hacer una excursión de un día. Me encanta coger el tren, y más si sale de la Grand Central Terminal, la estación ferroviaria más cinematográfica del mundo. Aquí está el mítico Oyster Bar, donde ha sido posible tomar un cóctel ininterrumpidamente desde 1913. Los bonitos techos de este bar, así como otros muchos en la ciudad, son de un valenciano, Rafael Guastavino, que tuvo la buena cabeza de patentar en Estados Unidos, como Guastavino System, la forma de construir bóvedas con ladrillo plano, al igual que se hace en Cataluña y Valencia desde hace siglos. Al ver sus bóvedas nos resultan familiares, son como el suelo de rasilla colocado a la espiga que tenemos en la mayoría de las terrazas de nuestros edificios, pero allí puesto en el techo sobre una superficie cóncava. En el Oyster Bar el resultado es  sencillo y bello; en otros edificios de grandes dimensiones, además resulta espectacular. Es una buena ruta ir descubriendo por la ciudad el legado de este arquitecto, que no es poco.

Tomamos el convoy con dirección a Beacon, donde se encuentra el museo de la fundación Dia de arte contemporáneo. El museo debe de estar bien, pero no dejaba de ser una excusa para hacer el viaje remontando el rio Hudson hacía el norte. La vía transcurre paralela a la orilla y es sorprendente lo bucólico que se vuelve el paisaje una vez dejas atrás las últimas casas de la ciudad. El vagón iba casi vacío y podíamos levantarnos a mirar por las ventanillas de ambos lados y comentar en voz alta todo lo que veíamos –ese es el Yankee Stadium; ¡mira, caballos!;  aquella construcción encima del monte es West Point, todas las casas tienen embarcadero…-

NUEVA YORK 2009 104 La academia militar de West Point es un híbrido entre la muralla china y el pantano de Alarcón

Cuando llegamos a Beacon descubrimos que los miércoles es el día que cierra el museo por descanso. Un señor muy amable nos dio unos folletos en la barrera de entrada y nos invitó a volver al día siguiente.

Ya que estábamos allí nos dimos una vuelta por el “pueblo”. En lo que supuestamente era el centro se arremolinaba, alrededor de la omnipresente estafeta de Correos,  alguna tienda de souvenirs para turistas y un par de restaurantes. A partir de ahí, el uso de automóvil era imprescindible para desplazarse hasta las casas aisladas donde quiera que vivieran los lugareños. Decidimos comer a esas horas intempestivas a la que suelen los extranjeros, serían las doce de la mañana más o menos, y entramos a uno de los locales donde el menú, no lo van a creer, consistía en hamburguesa y patatas. A la salida, al pagar en caja, la dueña, una afroamericana de mediana edad, tenía ganas de hablar y nos contó, sin haberle dado pie a ello, lo prometo, toda su vida. Allí, de pie en la caja, nos preguntó where are you from?, y al decir Spain, de su boca brotó un torrente de alegría, creo que hubiera sido igual si le hubiéramos dicho que éramos chipriotas. Había servido en el ejército, en misiones en Afganistán o Irán, no recuerdo, y se empeñó en darnos su teléfono para que fuéramos a su casa cuando volviéramos a Beacon. A veces estas cosas ocurren en este país, un desconocido se vuelca en una amabilidad extrema, desbordante; aunque también puede ser que te disparen, ya saben, cuánto más complejo es un pueblo, más interesante.

Sirva como ejemplo de amabilidad algo tosca y sorprendente lo que nos ocurrió un par de días después en el metro. Está bastante extendido que los americanos te aborden para ofrecerte ayuda cuando ven que eres forastero, normalmente porque estás consultando un mapa. A mí me gusta descubrir la ruta por mí mismo, y la mayoría de las veces rechazo la ayuda con una sonrisa. Nos encontrábamos en el andén de una estación dilucidando si hacer transbordo en ella o continuar; el tren parado y los viajeros subiendo y bajando. Todo fue muy rápido: se acercó una señora negra, preguntó que pasaba, le dijimos que nada, y ella que a dónde íbamos y nosotros que a  (dimos el nombre de otra estación). La mujer solícita comienza a darnos indicaciones a la velocidad del rayo, como una rapera enfadada, nosotros que gracias, gracias, sin entender mucho, el tren que cierra las puertas y arranca, nosotros en el andén. La señora da unos pasos acelerados en dirección a la cabina del conductor que estaría por lo menos a treinta metros y de un grito le ordena que pare inmediatamente. Y el conductor dio un frenazo, todo el convoy mirando sorprendido intentando averiguar qué pasaba. La señora le grita que estos chicos tienen que montar que van a la siguiente estación. Negamos apresuradamente con la cabeza, diciéndole que continuara la marcha y nos despedimos de la señora farfullando que ya nos apañábamos. Al salir a la calle y comentarlo nos pareció de un surrealismo hilarante.

De Beacon, volvimos a Nueva York. De nuevo en Grand Central nos dimos una vuelta por el mercado delicatessen situado en un lateral de la estación. Ahora no hay ciudad con un mínimo de turismo donde no hayan reconvertido algún rincón –un mercado auténtico, un taller de plancha y pintura, un establo-  en una lonja de productos frescos, orgánicos, caros y/o exóticos. Entre fantasías inanimadas de ayer y hoy descubrimos las “Fantásticas y originales tortas de aceite de Inés Rosales”, las mismas que compro en el Mercadona. Me hizo ilusión, fíjate que tontería. Compramos unas hamburguesas de atún, rojísimas y apetitosas, tomatitos y rúcola para cenar en casa. Y no olvidamos una botella de vino. Esa noche no dejamos ni una miga para el pobre Coney.

brutalment valencià.

cubriendo distancias entre valencia y el mundo.

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